"Mas Creced en la Gracia"
Por Mariano González V.
Prosiguiendo mi afición anual de plantar vegetales en el patio de la casa, puse una vez en la tierra una pequeña matita de tomate. Varios días después regresé para visitarla. Quería deleitarme con el crecimiento que hubiera tenido. Pero grande fue mi sorpresa al notar que la plantita nada había progresado, ni un solo milímetro. Todo lo contrario, se había secado completamente. Una vez más tuve que recordar que las cosas muertas no crecen. Cuando S. Pablo exhorta a los cristianos a "crecer en la gracia", está dirigiéndose a entes vivos físicamente. En ellos la Gracia de Dios ha implantado ya la vida de Dios, o sea vida espiritual, por tanto, están también vivos para Dios. Han nacido de nuevo del agua y del Espíritu y como están vivos tienen la capacidad de crecer en el Señor. En otra ocasión, planté unas matitas de tomates más creciditas que las anteriores. Estas tenía de 4 a 6 pulgadas de alto. Cuando fui a visitarlas a la mañana siguiente, noté que las liebres o los conejos le habían comido las hojas, las tiernas ramitas, y la mayor parte de los frágiles tallitos. Decidí que era mejor arrancarlas y comenzar de nuevo. Al traer otras plantitas, les hice primero un cerco de malla metálica a fin de protegerlas de estos roedores. Ahora podía reirme de las liebres que por más que trataron no pudieron hacer de las suyas puesto que no podían meter el hocico por la malla metálica. En la vida espiritual también hay muchas liebres que atentan contra el progreso del cristiano. Por cierto, hay un liebrón, grandón y poderosón. Se llama Apolión, y se apellida Abadón. Este ente maléfico trata continuamente de cortar las ramitas de las virtudes cristianas que el Espíritu de Dios reproduce en nosotros. Procura comerse, si pudiera, el tallo mismo de la vida espiritual. Dije que trata y procura, porque Apolión no puede hacer todo lo que quiere. Su habilidad maligna tiene límites que Dios le ha puesto. Por una, no tiene permiso para destruir a los hijos de Dios. El Espíritu Santo que nos ha bautizado y sellado hasta el día de la redención es mayor que este espíritu maligno que está en el mundo y con toda autoridad lo mantiene a raya. El diablo no puede destruir lo que es posesión del Espíritu de Dios. Al nosotros dejar que el bendito Espíritu se posesione por entero de nuestras vidas, obtenemos la victoria sobre este liebrón que estará siempre a la procura de devorarnos. Volviendo a los tomates, en otra ocasión noté que las tiernas hojitas de mis plantas se encogían como si fueran a enrollarse. Luego se ponían negras, y al fin se caían ya resecas. Las plantitas hacían poco o ningún progreso. Estaban vivas, sí, pero enfermas. Supe entonces que había una plaga que estaba acabando con las plantitas de tomate en mi vecindario. En el plano espiritual sucede lo mismo. Algunos de los hijos de Dios se enferman con las plagas que envenenan el ambiente en que desarrollan sus vidas espirituales. Sucumben ante la plaga de la crítica, la murmuración, los celos, la envidia, los pleitos, la inconformidad, los malos pensamientos, y otras plagas más. Estas destruyen el fruto del Espíritu que suponen exhibir. Por otra parte, he visto a través de los años el buen efecto que tiene el fertilizante o abono aplicado a las matitas. Las plantitas crecen más rápido, más robustas, más verdes, y producen mayor cantidad y mejor calidad de frutos. Los tomates son más grandes, muy carnosos, bien jugosos y más bonitos. En la vida espiritual existe la misma proporción. El fertilizante del estudio de la Biblia, el abono regular de la oración, la comunión y compañerismo de la iglesia y el testimonio cristiano, promueven el crecimiento rápido, lozano, y robusto del cristiano y lo hacen fructificar abundantemente. Por todos es sabido que el árbol se conoce por su fruto. Un naranjo nunca producirá algarrobas, y a la inversa, un algarrobo nunca producirá naranjas. El árbol cristiano produce el fruto del Espíritu. La Biblia dice que el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Estos son los tomates, las naranjas, las manzanas espirituales que engalanan la planta cristiana. Las buenas obras también forman parte del fruto que supone producir el cristiano. Otros frutos esperados son los engendros espirituales que estos tengan, o sea las almas que ganen para el Reino de Dios mediante un activo y militante evangelismo personal. Pero la planta que ya se ha resecado, no produce frutos sino los frutos de muerte. La Biblia llama a estos frutos negativos: "las obras de la carne" y las enumera como: envidia, homicidios, borracheras, orgías, herejías, disensiones, contiendas, iras, celos, pleitos, enemistades, hechicerías, idolatría, lascivia, inmundicia, fornicación, adulterio y cosas semejantes a estas. Por consiguiente, lector nuestro, declaro con la autoridad de las Santas Escrituras, como repetidamente ya he declarado en otros artículos, que los que practican tales cosas no herederán el reino de Dios. Las cosas enumeradas son obras de la carne, no frutos del Espíritu, y la Biblia dice que los que están en la carne "no pueden agradar a Dios". Sea pues evidente a todos que sólo las plantas vivas pueden reverdecer, crecer, florecer, echar frutos. Las plantas muertas no progresan. Déjeme llamarle la atención, seriamente, al asunto siguiente: Si todo lo que hay en su vida es fruto de la carne, su única esperanza es la de ser cortado y echado en el fuego. Por tanto, examine con toda seriedad y con la más entera sinceridad delante de Dios la CLASE DE FRUTO que la planta de su vida produce. Determine ante Dios si en verdad usted está muerto en delitos y pecados, creyéndose vivo, si en realidad necesita la regeneración del Espíritu de Dios que instituya la vida espiritual en su interior. Jesucristo anunció durante su visita a la tierra que había venido a los hombres para que "tengan vida, y para que la tengan en abundancia". En el postrer y gran día de la fiesta Jesús se ponía en pie para ser visto, y decía en alta voz para ser oído, y ofrecía a todos para ser creído, el agua que refresca, satisface y vivifica. Ofrecía esta agua en los términos más atractivos. Decía El: "Si alguno tiene sed, venga a mi y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán por su ser". Ponga a un lado este artículo. Arrodíllese ahí mismo donde se encuentra y con toda sinceridad y auténtico arrepentimiento dígale al Señor en oración: Señor, soy un árbol sin fruto. Sin fruto espiritual, porque el fruto que doy es fruto carnal. En este momento, vengo a tu Hijo Jesucristo para tomar del agua de vida de balde. Quiero ser una planta de fruto espiritual plantada junto a arroyos de agua de vida, que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae. Perdóname. Acéptame. Recibo a tu Hijo Jesucristo en mi corazón como mi Salvador personal. Ayúdame a vivir, de ahora en adelante, como un verdadero cristiano. Por Jesucristo te lo ruego. Amén.
Asamblea Cristiana Olmue