lunes, 05 de septiembre de 2005
Por Mariano González V.
El apóstol Pablo amonesta a los cristianos de Galacia, y por medio de ellos a la humanidad entera, con estas cortantes palabras: "No os engañéis, Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna. No nos cansemos, pues de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos" (Gálatas 6:7-9).
Esta sentencia clarifica dos terrenos donde es posible sembrar: la carne y el espíritu. Por la clase de cosecha que se recibe, debe ser obvio a todo el mundo que no paga buenos dividendos el sembrar para la carne; que sembrar para el espíritu da mejores cosechas y más jugosos dividendos. No obstante esta obvia realidad, el hombre desatiende el terreno del espíritu y por el contrario se empecina en sembrar para la carne. Suya es la pérdida. Hay a lo menos 4 leyes de la siembra que quisiéramos señalar en esta entrega. La primera es aquella que dice: "TODO LO QUE SE SIEMBRA SE COSECHA".
Los agricultores saben esto rebién cuando siembran sus frijoles negros. No esperan cosechar frijoles colorados. Cuando siembran maíz, no esperan cosechar naranjas. Se siembran frijoles negros, se cosechan frijoles negros, se siembra maíz, se cosecha maíz. Cosechamos de acuerdo a lo que sembramos. Esta es una ley de genética que no falla. La ley de genética espiritual dice que cuando se siembra para la carne, la cosecha es carnal, de ella se cosecha corrupción. Si se siembra para el espíritu, la cosecha es entonces espiritual, del Espíritu se cosecha vida eterna. Estos valores no se pueden invertir. La ley de la cosecha establece que todo lo que se siembra se cosecha.
¿Qué está usted sembrando? ¿Semilla carnal o espiritual?
La segunda ley de la siembra es aquella que dice: "SE COSECHA MAS DE LO QUE SE SIEMBRA". Esto lo saben bien los agricultores de todo el mundo. Se siembra un grano de frijol y este produce una plantita que eventualmente echará vainas cargadas de varios frijoles. Se siembra un grano de maíz y la planta produce las mazorcas cada una con una cantidad abundante de granos. Un grano de frijol se multiplica en varios, un grano de maíz también. En el terreno espiritual, sucede lo mismo. Usted siembra una mentira, y tiene que decir una segunda para cubrir la primera y una tercera para cubrir las dos anteriores. Y todo porque la ley de la cosecha establece que se cosecha más de lo que se siembra.
Por ejemplo, las mujerzuelas que se entregan al sexo ilícito pecan a sabiendas contra la santidad del sexo y contra la perfección de Dios. Eventualmente cosechan el fruto de su pecado que es un embarazo indeseado. Esto las llena de vergüenza. Las horroriza el pensamiento de que la vejiga, la ampolla o zambomba que adornará la parte delantera de su cuerpo, publicará a los cuatro vientos lo que creyeron estaba muy escondidito. Dieron su mal paso en el más estricto secreto, pero el bulto delantero las delata. Satanás se apodera más profundamente todavía de sus pensamientos y emociones y las induce a abortar criminalmente las criaturitas que ilícitamente engendraron.
¿Lo ve usted? Un pecado conduce a otro, y otro, a otro más. El problema es que el ciclo maldecido no se detiene. El aborto no les soluciona el problema sino que les trae nuevos problemas que no anticiparon. De veras, es relativamente fácil sacarse del útero al inocente que hay en él. Pero no es fácil sacarse de la conciencia acusadora el sentido de culpa que este acto criminal instala en el alma. La conciencia por siempre les muerde y remuerde. Levanta contra ellas constante su dedo acusador. La mujer que se hace un aborto intencional es una candidata a vivir el resto de sus días apesadumbrada, acomplejada, deprimida, e infeliz. Es candidata a un eterno martirio que finalmente la llevará a parquearse en su tumba sin haber vivido a plenitud la vida feliz a que Dios la había llamado. "No os engañéis, Dios no puede ser burlado, todo lo que el hombre sembrare esto también segará. Si sembrare para la carne de la carne cegará corrupción. Pero si sembrare para el espíritu del espíritu segará vida eterna".
El rey David es un buen ejemplo de esta pavorosa ley de la siembra que demanda multiplicación de la inversión que se hace. David adulteró con Betsabé mujer de Uría. Para cubrir este pecado David mandó a asesinar a Uría, un fiel y destacado soldado de su ejército. La cosecha que tuvo de estos dos pecados se le multiplicaron más que un grano de maíz cuando cría mazorca.
No solamente se le murió el inocente que le nació de este desatino sexual, sino que además Absalón, uno de sus hijos, le dio un golpe de estado que lo hizo aterrizar del poder. Si usted lee con cuidado en la Biblia la vida de este rey, verá que "la espada de Jehová jamás se apartó de la vida de David". Así es, amigo, inexorablemente, incambiablemente, inevitablemente, se cosecha más de lo que se siembra. Por tanto, fíjese bien como siembra. Repare en sus acciones. Si siembra para la carne, su pecado lo alcanzará tarde o temprano, de manera multiplicada, y de él segará la más podrida corrupción.

Una tercera ley de la cosecha es aquella que dice: SE COSECHA EN UNA EPOCA DISTINTA DE AQUELLA EN QUE SE SIEMBRA. El agricultor planta la semilla y se dedica a otros quehaceres mientras el proceso de germinación tiene efecto. Espera paciente la lluvia temprana y tardía. Al fin la cosecha viene, mucho tiempo después de la siembra. De ahí que tantos se engañen. Por eso hay tantos espejismos que seducen a pecar. El diablo dora la píldora del pecado muy bonita e incita a tragarla. Por lo general lo complacemos encantados porque nos gusta el placer que el pecado produce. ¡Pero - qué necedad resulta al fin y al cabo! De momento no vemos las consecuencias fatales a que guía la desobediencia a la ley de Dios.
Tantos hay que se empuercan profundamente en el pecado. Porque no ven la cosecha de inmediato, comienzan a felicitarse creyendo que van a escapar la ley de la siembra. "No os engañéis, Dios no puede ser burlado". Al fin y al cabo el pecado los alcanzará en el recoveco del camino, a la vuelta de la esquina, en medio de las circunstancias de esta vida, o en la otra, más allá de la tumba. El pecado es rebelión contra Dios. Es cosa seria rebelarse contra Aquél que es Rey y gobierna el universo con criterios y normas de justicia, moralidad y santidad. Todo pecado es contra la santidad, la pureza y la autoridad de Dios y Dios no dará por inocente al culpable.
El Evangelio afirma que Jesucristo, el inocente Hijo de Dios derramó su preciosísima sangre sobre el Gólgota cruel. El es la víctima inocente cuyo sacrificio Dios acepta. Como se puede ver, Dios no condona, ni absuelve, ni endosa, ni mira con piedad o con comprensión el pecado, sino que lo condena severamente. La prueba más contundente de que Dios condena rigurosamente el pecado es el hecho de que su bien amado Hijo, el Santo Jesús, fue sacrificado por el pecado. "Al, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros para que nosotros fuéremos hechos justicia de Dios en El" (2 Corintios 5:21). Jesucristo murió ensangrentado sobre la cruz, víctima inocente, para acercarnos a Dios.
Hay los que erróneamente creen que Dios perdona el pecado de todos modos, a cualquier precio, bajo cualquier circunstancia, porque, dicen, que Dios es amor. Tienen razón al afirmar que Dios es amor porque esto lo dice la Biblia. Pero hacen mal en cegarse a la verdad de que Dios también es justicia, santidad, y fuego consumidor. Esto lo dice también la Biblia.
Dios no perdona al pecador necesariamente porque Dios sea amor. La Biblia da la razón específica por la que Dios perdona. Cuando Dios perdona lo hace porque es "fiel y justo" y esto, si le confesamos contritos nuestros pecados. La Biblia dice: "Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9).
El perdón de Dios se basa pues en su justicia y fidelidad, no necesaria o exclusivamente en su amor por el hombre. La justicia, la santidad, la perfección de Dios, tienen que ser satisfechas primero. Pero la vida pecaminosa del hombre hace de esto una imposibilidad, puesto que no hay justo, ni aún uno. El hombre necesita que alguien lo sustituya en esta transacción. Los ángeles no pueden hacerlo porque no son de esta creación. Los animales también quedan cortos como lo prueban los sacrificios del Antiguo Testamento. La alternativa del hombre es Jesucristo y nadie más.
La Biblia dice que Cristo "Padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu" (1 Pedro 3:18). Por tanto, Jesucristo es la alternativa del pecador y a Cristo le recomendamos a usted lector.
Publicado por asambleolmue @ 1:34
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Publicado por Invitado
domingo, 30 de marzo de 2008 | 4:19
Me gustó la reflexión.
Faltó la cuarta ley
Publicado por Invitado
mi?rcoles, 16 de abril de 2008 | 6:16
Ahi te va la cuarta:Recogemos buena cosecha si,perseveramos,Galatas 6:9/ La Quinta:"No podemos haser nada por la cosecha del pasado,pero si podemos haser mucho por la de hoy.Que Dios los bendiga mis queridos educandos biblicos.
Publicado por Invitado
martes, 05 de abril de 2011 | 14:03
en esto vemos el amor y severidad del senor que aunque el nos perdone las consecuencias de nuestros errores saldran a la luz pero tenemos la oportunidad ahora de sembrar para bien .gracias