EL CREYENTE ESTÁ SEGURO. EN LAS MANOS DEL PADRE Y DEL HIJO (Juan 10:28-30) C.H. Mackintosh
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”
La teoría de la «seguridad condicional» contradice las palabras del Hijo
No es cierto que la Palabra de Dios enseñe el así llamado «libre albedrío»[3] para con Dios y, a la vez, la seguridad eterna del creyente. En efecto, la eterna seguridad es enseñada, pero no «el libre albedrío». Además, el hecho de sostener ambas cosas juntas es como pretender que uno obtiene salvación por el ejercicio de su libre albedrío hacia Dios, pero que no es capaz de ejercer ese mismo libre albedrío para cambiar de actitud y decidir no ser más salvo: una vez salvo, esa persona no puede usar su supuesto libre albedrío para dejar de ser salvo; ¿será porque ha perdido su libre albedrío? Ése es el resultado de creer en ambas cosas. El arminiano es al menos consistente en su error cuando dice que un creyente puede perder su salvación y volverse incrédulo.
La eterna seguridad está íntimamente ligada al hecho de que una persona ha nacido de nuevo, no por un acto de su propia voluntad, sino por un acto pura y exclusivamente de la voluntad de Dios (Juan 1:13; Santiago 1:18). Dios inicia la obra y Dios la mantiene: “…el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
En el evangelio de Juan vemos las manos del Señor Jesús obrando en unidad con el Padre, ya sea que el pasaje se refiera a sus manos físicas o figuradas. Por ejemplo, Juan 8:6-8 lo muestra escribiendo con el dedo sobre la tierra. Aquel que el evangelio de Juan presenta como el gran “Yo soy”, es Jehová, el que escribió la ley con “el dedo de Dios”. En Juan 8 mantiene la ley contra aquellos que querían ponerlo en conflicto contra Moisés a fin de tener un motivo de agravio, pero él actuó en gracia hacia la mujer frustrando el perverso esquema de ellos. Él presentó a los suyos sus manos y su costado (Juan 20:20-27). El Padre ha entregado todas las cosas en las manos del Hijo:
“El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano” (Juan 3:35; véase Juan 13:3).
Y ésta es la posición donde se encuentra el creyente: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:27-30).
Consideremos una ilustración respecto a la diferencia entre considerar las palabras de Cristo en el pasaje recién leído (Juan 10:27-30) conforme a la verdad de la seguridad eterna y la teoría de la «seguridad condicional», en el siguiente cuadro.
Contrastemos lo que dice la Escritura con lo que postula el arminianismo:
Juan 10 dice "Yo les doy Vida eterna" El arminianismo dice
Cristo está equivocado, la vida se puede perder. No es eterna.
“No perecerán jamás” Cristo está equivocado: pueden perderse y perecer.
“Nadie las arrebatará de mi mano” Cristo se equivoca. Tú eres más fuerte que él, y eres perfectamente capaz de zafarte de la mano más fuerte del universo
“Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre” Cristo se equivoca de nuevo, pues por más débil que tú fueres, eres más fuerte que la mano del Padre, y eres plenamente capaz de soltarte de su mano
Es extraño que el arminianismo admita que el diablo no pueda arrancar al creyente de la mano de Cristo, pero, que uno, quien es considerablemente más débil que el diablo, sí puede escurrirse de Sus manos. Esto ni siquiera es racional. Es un absurdo.
El lobo no puede arrebatarnos de la mano del Padre y del Hijo, ni ningún otro puede hacerlo
En Juan 10:28-29 se nos dice que el diablo no puede arrebatar las ovejas de las manos del Padre y del Hijo. La palabra arrebatar es la misma que aparece en Juan 10:12: “Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.”
El lobo puede arrebatar las ovejas y dispersarlas, pero no puede arrebatarlas de las manos del Padre y del Hijo. A la verdad, nadie puede hacer esto; ni siquiera uno mismo, por cuanto uno es “uno” de aquellos designados en estos versículos: “Nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.”
El Hijo conoce a las ovejas así como conoce al Padre:
Juan 10:14-15 “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen, así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas”
Aquellos de quienes habla Mateo 7:21-23 jamás fueron conocidos por Cristo, y no pueden referirse, pues, a personas que fueron salvas y que luego se perdieron de nuevo. Estas personas simplemente no existen. Aquí tenemos a Cristo que conoce a aquellos que son suyos. Esto tiene un significado mucho más profundo que el hecho de que Él venga a saber qué gente es suya entre la población del mundo. Se trata de conocer de acuerdo con las palabras: “Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre.” Esto no habla de estar enterado. Se trata de conocimiento divino de Uno respecto al Otro. Y el buen Pastor tiene conocimiento divino de aquellos que son suyos; y ellos tienen conocimiento divino de Él. Este conocimiento fue implantado en ellos por Él mismo, y subsistirá eternamente, así como en el caso del Padre y del Hijo que se conocen el uno al otro.
Hay un conocimiento entre el Pastor y las ovejas como lo hay entre el Padre y Él. Esto se refiere no a la medida de conocimiento, sino al carácter de éste. Además, este conocimiento consiste en conocer a la persona, y no meramente en conocer acerca de la persona. Como dijo el apóstol Pablo: “Yo sé a quién he creído” (2.ª Timoteo 1:12). Él conocía a la Persona. Esto es sobremanera precioso para nuestras almas. El mundo no le conoce (Juan 1:10; 17:25; 1.ª Juan 3:2). Hay un conocimiento divino que tenemos. Véase Juan 6:69 y 1.ª Juan 2:13-14; 5:20).
Había incrédulos a quienes el Señor se dirigió (v. 26). ¿Por qué los tales no creían?
“Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco” (Juan 10:26-27).
Ellos no creían porque no eran de Sus ovejas. Si hubiesen sido de Sus ovejas, ellos habrían oído Su voz. Eran espiritualmente muertos. Como el muerto Lázaro, ellos no oían. ¿Cómo podía Lázaro oír? Él oyó la voz de Aquel que es la resurrección y la vida por cuanto Él le dio a Lázaro la facultad de oír. Se trató de una acción divina:
“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán” (Juan 10:24-25).
Y esto es lo que produce la nueva vida en el alma. No fue el resultado de un alegado acto humano de la propia voluntad de ellos. Estaban muertos y necesitaban ser vivificados (léase Efesios 2:1-5 donde se emplean los dos términos correlativos: muertos y vivificar). Se trata de un acto divino y soberano del Hijo, al igual que en el caso del muerto Lázaro, el cual constituye una maravillosa ilustración de estos benditos poderes del Hijo, así como la resurrección y la vida (Juan 11:25). Y esta es la razón por la cual las ovejas tienen vida eterna; la razón por la cual lo conocen; la razón por la cual oyen Su voz. Él llevó esto a cabo soberanamente, aparte de la facultad o de la agencia humana.
No ha de sorprendernos el hecho de que tengamos tales palabras sobre la seguridad de las ovejas en Juan 10:28-30. Nadie, ningún ser demoníaco ni nadie más, incluyendo naturalmente uno mismo, puede arrebatar al creyente de las manos del Padre y del Hijo. Y lo que se halla íntimamente ligado con esta expresión de la divina preservación del creyente, es la declaración del Señor: “Yo y el Padre uno somos.”
De esta manera se presenta ante nosotros la bendita e infinita unidad de propósito del Padre y el Hijo en cuanto a la divina preservación del creyente. Éste es un ejemplo de Juan 5:19-20:
“No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace…”
Véase Juan 17:10. El Hijo no actúa independientemente, sino que sólo hace lo que ve hacer al Padre; y el Padre le muestra al Hijo todas las cosas que Él mismo hace. Vemos aquí la acción de las Personas divinas llevada a cabo en infinita unidad. Esto comprende omnipotencia y omnisciencia. Y esto constituye la base que asegura la preservación de los santos. Puede que no haya sido intencional, pero la idea de la «seguridad condicional» difama la omnipotencia y la unidad de propósito del Padre y del Hijo. La única condición es la capacidad del Padre y del Hijo para preservar a los santos, y esa capacidad es incuestionable. Es absurdo el hecho de que un cristiano se imagine que tiene la capacidad inherente de guardarse a sí mismo salvo; pero eso es precisamente lo que la creencia de la «seguridad condicional» pretende que sea posible.
Thy Precepts vol. 18 # 3, mayo/ junio 2003, Págs. 114-120 («La soberanía de Dios y su gloria en la salvación del hombre perdido», cap. 3: La soberanía de Dios en el Evangelio de Juan).
NOTAS
[1] N. del T.— El sistema denominado «arminiano» postula que la gracia de Dios es dada al hombre condicionada a la libre elección de éste, y no como un acto soberano de Él, esto es, que depende, no de la pura iniciativa de la gracia electora y soberana de Dios, sino de las facultades humanas de arrepentirse, y querer creer (cosas imposibles para el hombre en la carne). Para un tratamiento de este tema, véase CALVINISMO Y ARMINIANISMO: El error de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad C. H. Mackintosh . Las doctrinas de la elección, de la soberanía de Dios en la salvación, y de la seguridad eterna, están las tres íntimamente relacionadas entre sí y forman una unidad inseparable: o se sostiene todo, o no se sostiene nada. El tema de la eterna seguridad del creyente debe entendérselo junto con la soberanía de Dios en la salvación por gracia. Léase ¿LIBRE ALBEDRÍO O ESCLAVITUD DEL ALBEDRÍO?.
[2] N. del E.— N. Geisler hizo notables esfuerzos para intentar desvirtuar la verdadera fuerza de esto. Escribió:
«El contexto aquí favorece que sea una referencia a la elección de Jesús de los Doce para ser sus discípulos, y no que sea la elección de Dios de aquellos escogidos para salvación eterna. Después de todo, Jesús está hablando a los once apóstoles (Juan 15:8; 16:7). Además, la palabra “escogidos” por Dios se usa de personas que no son los elegidos. Judas, por ejemplo, fue “escogido” por Cristo pero no fue uno de los elegidos: “Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?” (Juan 6:70) (op. cit., pág. 72 [73, 74]).»
Una parte del contexto es que Judas estaba ausente. Además, Él ya había hablado de la elección de los doce para ser Sus discípulos en Juan 6, con la clara observación de que no se trató de la soberana elección para vida o de dar fruto porque se indicó el verdadero estado de Judas. El contexto aquí es llevar fruto, y que Él los había “puesto para que vayáis y llevéis fruto” (Juan 15:16). Era una certeza de la que Judas estaba necesariamente excluido. El contexto es también los v. 18-19. No podía decirse de Judas que él “no es del mundo” (v. 19). De los once se dice que son “elegidos del mundo” (v. 19). El hecho de que la palabra “elegir” pueda ser usada en más de un contexto, no niega nada de esto.
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