ÉSTA es una doctrina fundamental de la fe cristiana (1 Timoteo 3:16). Si Cristo fuera sólo un hombre bueno o un hombre que llegó a ser Hijo de Dios, no valdría la pena ser su seguidor, porque si no es Dios, fue un ser engañado o un engañador, ya que frecuentemente declaró que era Dios. Tanto sus discípulos que lo seguían, como los judíos que no creían en él, se daban cuenta de que Cristo afirmaba su deidad en forma inequívoca (Juan 5:18; 10:32,33).
Nosotros lo afirmamos también y lo apoyaremos con la Biblia.
Si usted tiene alguna duda acerca de esto, lea hasta el fin y medite, sin prejuicios, en lo que la Biblia dice acerca de la persona de Cristo.
¿QUIÉN ES JESUCRISTO?
Tomemos como punto de partida una afirmación que leemos en el Evangelio según San Juan:
Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:23,24).
Si no creemos que Jesús es quien él mismo se decía ser, moriremos en nuestros pecados. Estas palabras no dejan lugar para opiniones contradictorias. Cristo es Dios, igual en gloria y sustancia al Padre. Esta verdad la podemos ampliar con otras lecturas de la Biblia:
1. La misión dada a Juan el Bautista
Primero preguntaremos: ¿A quién preparó el camino Juan el Bautista? El profeta dijo:
Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios (Isaías 40:3).
Según este pasaje, Juan prepararía el camino de Jehová Dios; pero veamos lo que dice Cristo:
Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, el cual preparará el camino delante de ti (Mateo 11:10).
Hay dos posibilidades: o Juan estaba preparando el camino para dos personas, o Cristo es Dios.
2. El uso de la frase: El primero y el último
Dios habló de sí por medio del profeta y dijo:
Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí no hay Dios (Isaías 44:6; vea también 41:4; 48:12).
A esto, unamos el testimonio que de Cristo, el apóstol Juan escribió:
Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; más he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén (Apocalipsis 1:17,18; vea también 2:8; 22:13).
El que habló con el apóstol era Cristo, el mismo que murió y resucitó. ¿Se equivocó al decir que era el primero y el último? ¿Será posible que se esté atribuyendo un título que le pertenece sólo a Dios?
3. Cristo es digno de adoración
En la ley, Dios declara:
Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí... No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios (Éxodo 20:2,3,5).
Pasamos al Nuevo Testamento. Tomás se acerca a Cristo y le dice:
¡Señor mío, y Dios mío!
A lo que Jesús le contesta:
Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron (Juan 20:28,29).
¿Por qué no fue reprendido Tomás por blasfemo? Al contrario, Cristo lo reprendió por ser tan lento para creer. Cristo permitió que Tomás lo adorara. ¿Hizo mal? ¿O aceptó la adoración porque sabía que él era Dios?
Al ser tentado por Satanás el Señor Jesús afirmó:
Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás (Mateo 4:10, citando Deuteronomio 6:13).
A pesar de esta afirmación Cristo aceptó la adoración de los hombres. Esto es evidente en Mateo 2:11; 8:2; 9:18; 14:33; 15:25; 18:26; 20:20; 28:9,17; Marcos 5:6; Lucas 24:52; Juan 9:38. Comparemos estos pasajes con Hechos 10:26; 14:11-18; Apocalipsis 19:9,10; 22:8,9.
4. El valor infinito de su obra
A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia,...a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:25,26).
¿Cuál es la base sobre la cual Dios puede perdonar a toda una raza de pecadores rebeldes y al mismo tiempo mantener su integridad moral?
La respuesta a esta pregunta aporta evidencia contundente sobre la deidad de Cristo. Meditemos sobre el sustituto que se precisa para que un Dios que es infinitamente santo pueda perdonar a los pecadores sin sacrificar su santidad ni su justicia.
Hay dos requisitos:
1. El sustituto debe ser perfecto.
Yo no podría sufrir por los pecados de otro, pues ya estoy condenado por pecados que yo he cometido. Sólo un hombre sin pecado puede tomar el lugar de un pecador. La perfección es un requisito indispensable.
2. El sacrificio debe ser infinito.
Para que un Dios justo pueda ofrecer perdón a toda la humanidad el sacrificio debe ser infinito. Supongamos que soy moralmente perfecto y que tengo la noble idea de sacrificarme por otros pecadores. ¿A cuántos pecadores podría sustituir? A uno, solamente a UNO. Pero también pregunto: ¿Cuánto debo sufrir? Todo el tiempo que el pecador hubiera tenido que sufrir. Muerte eterna sería mi sentencia. Ningún ser finito puede agotar de otra manera el juicio de un Dios santo. Para rescatar a dos personas harían falta dos sustitutos. Para que diez personas fueran justificadas harían falta diez sustitutos perfectos que sufrieran eternamente.
¿A qué conclusión podremos llegar cuando leemos que la muerte de Cristo satisface todas las demandas de la justicia de Dios contra la raza humana? A esta: Cristo no sólo es moralmente perfecto sino infinito.
Y ahora afirmamos que, o hay más que un ser infinito, o Cristo es el Dios infinito manifestado en carne humana.
5. La frase: Hijo de Dios
Algunos que aceptan que Cristo merece el título "Hijo de Dios", lo usan para probar que no es Dios, sino solamente Hijo de Dios. Ven aquí una prueba de inferioridad. Arguyen que si es Hijo no puede ser igual a Dios porque todo hijo es inferior a su padre. Este argumento, aparentemente fuerte, pasa por alto dos cosas obvias.
1. Cristo también es "Hijo del Hombre". ¿Significa esto que es inferior al hombre? De ninguna manera. Significa que es verdaderamente hombre. Cuando descendió al mundo no perdió su deidad y cuando ascendió a la gloria no perdió su humanidad. Es interesante notar cuántas veces el título "Hijo del Hombre" está vinculado con su ascensión (Mateo 13:41; 16:27; 26:64; Juan 1:51; Hechos 7:56). "Hijo del Hombre" demuestra plena humanidad. "Hijo de Dios" demuestra deidad.
El hijo es inferior al padre sólo durante una etapa de su existencia. Muchos hijos llegan a ser iguales o mejores que sus padres. La historia confirma esto plenamente. El Hijo de Dios es igual a Dios. Él mismo lo afirma: Yo y el Padre uno somos (Juan 10:30). Pero también reconoce que hay un sentido en el cual el Padre es mayor que él: Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo (Juan 14:28).
El Padre es mayor en función, no en esencia. Esto lo ilustraremos así: El hombre y la mujer son iguales en esencia: ambos son humanos; pero hay distinción en funciones: el hombre es cabeza de la mujer (1 Corintios. 11:3). El Padre es mayor que el Hijo en su función como Padre, pero es igual en esencia. En la esfera terrenal, el padre una vez fue hijo y el hijo puede llegar a ser padre. Las funciones cambian, pero la esencia humana persiste.
¿QUÉ IMPLICA CREER QUE CRISTO ES DIOS MANIFESTADO EN CARNE?
El apóstol Juan en sus epístolas pone especial énfasis en esta doble verdad. Veamos sus escritos:
¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Juan 5:5).
Creer en Jesucristo como Hijo de Dios, es creer que su obra es perfecta y completa y que mi salvación es significativa y segura. Algunos niegan con sus palabras esta verdad; otros lo hacen con sus hechos, porque si creo en la virtud de la sangre de Cristo y en lo eficaz de su obra, deberá haber victoria constante en mi vida, pues:
1. Mantengo mi comunión con Dios y con mis hermanos. Porque creo que la sangre de Cristo borró mis pecados pasados (Romanos 3:25), y me da el poder para mantener mi comunión con Dios (1 Juan 1:7) y con mis hermanos (1 Corintios 10:16).
2. Sirvo a Dios con excelencia. Porque creo que la sangre de Cristo libra mi conciencia de obras muertas (complejos relacionados con mi vida antes de conocer a Cristo), y me permite acercarme para aprender más de él (Hebreos 9:14; 10:22).
3. Vivo con diferentes principios. Porque creo que la sangre de Cristo me ha rescatado de mi vana manera de vivir (tradiciones, costumbres y hasta cultura) que recibí de mis padres (1 Pedro 1:18). Esto me hace una criatura diferente (2 Corintios 5:17), con nuevos propósitos (Efesios 2:10) y nueva imagen (Efesios 4:22-24; Colosenses 3:9-11).
Sobre la otra parte de esta doctrina, el apóstol Juan añade:
Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios (1 Juan 4:2).
Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es el engañador y el anticristo (2 Juan 7).
Por tanto, para confesar con mi vida que Jesucristo ha venido en carne debo manifestar que creo lo siguiente:
1. Que fue mi sustituto, por tanto, porque él murió por mí, yo vivo para él. El amor de Cristo me constriñe (2 Corintios 5:14,15), por lo que sé y entiendo lo que él hizo por mí (Efesios 2:15; Colosenses 1:21,22; 1 Pedro 3:18).
2. Que es mi ejemplo. Por esto ando en sus pisadas. Creo que si Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado (Romanos 8:3) fue para condenar al pecado en la carne. Creo que participó de carne y sangre, para destruir al que tenía el imperio de la muerte, y lo hizo usando las armas que Dios me ha dado (la oración, su Palabra y el poder del Espíritu) para que no tenga excusa para no poder andar en él (Colosenses 2:6; 1 Pedro 2:21).
3. Que es mi intercesor y puede suplir todo lo que necesito. Al pensar en la función de intercesor, muchos se forman la idea de uno que se para entre nuestra vida de pecado y el Dios perfecto y justo. Sin embargo, la Biblia da otro cuadro: Uno que está entre mi necesidad como su siervo y las inescrutables riquezas de Dios. Está en los cielos para darme todos los recursos necesarios para vivir una vida victoriosa. Él sabe lo que necesito e intercede ante el Padre por mí (Juan 14:13,14), porque:
Padeció siendo tentado, y puede socorrerme (Hebreos 2:18).
Fue tentado en todo según nuestra semejanza, y puede compadecerse de mis debilidades (Hebreos 4:15).
Fue constituido como intercesor por palabra de juramento y hecho perfecto para siempre (Hebreos 7:25-28).
Él alcanzó la perfección (Hebreos 2:10) por el mismo camino que yo la he de alcanzar (1 Pedro 5:10).
En la reflexión final que sugiere usted haga, conteste estas dos preguntas:
¿Creo que Cristo es Dios manifestado en carne?
¿Demuestro por mi vida, en forma inequívoca, que Jesucristo es Dios y que ha venido en carne?
¡Gran Creador!
¡Oh gran Creador del universo, ser infinito e inmortal!
Por nuestro amor, tu trono dejas y tu morada celestial,
Y entre pañales naces pobre para en nuestro mundo andar.
Tú, que eres Dios y Rey supremo, hambre y sed has de probar;
Y en vez de cantos de alabanza escarnio y burla escucharás.
Todo porque tú nos amaste y nos quisiste rescatar.
¿Qué viste en mí que decidiste a este mundo descender,
Y en los días de tu carne la obediencia aprender?
Dime qué es que tanto amaste y a tus pies lo rendiré.
¡Oh! Dios de amor y toda gracia, haga en ti siempre pensar,
Al verte humilde en un pesebre, quita el orgullo y vanidad;
Al contemplarte en cruz sufriendo, haznos, Señor, amarte más.
Desconocemos al autor: pero rogamos a Dios le Bendiga por su ayuda mebi.