Cuando un niño comienza a crecer, es muy natural que busque, primero de entre los adultos que conoce, después de algunas otras fuentes, lo que él desea ser de grande. Primero dirá: Quiero ser como mi papá, mi tío, o don Pedro, etc. Después su anhelo será ser maquinista, doctor, arquitecto, etc.
Como niños en la fe, también es natural que pasemos por esta etapa; lo triste es que muchas veces nos quedamos en el primer paso: el de ver personas, y no pasamos al segundo: ver actividades, ocupaciones y ministerios.
Este folleto tiene como fin hacer que nuestra vista pase de Pablo, Juan, Timoteo o de algunos personajes contemporáneos, al objetivo que estos cumplieron o cumplen dentro de la iglesia, el cuerpo de Cristo, del cual todos somos parte. Debemos observar cómo ellos administraron los dones que recibieron de Dios.
ALGUNOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES
1. Hay una sola fuente. Todas mis aptitudes, habilidades e intereses, si bien tienen un ingrediente hereditario, no dependen del todo de mis antepasados. Erraremos grandemente si buscamos la fuente de los dones espirituales por este camino. La Escritura dice claramente que el que da los dones, por diversos que éstos sean, es el mismo Espíritu, y que lo hace repartiendo a cada uno como él quiere (1 Corintios 12:4,11). Esto asegura que el don que yo tengo, no es mío por herencia (de mis padres), ni por fatalismo o suerte (una repartición mecánica o al azar), sino por designio y decisión del Espíritu.
2. Hay un Señor. Si partimos de que hay diversidad de dones y que cada don puede emplearse de diversas maneras, acabaremos con un sin número de actividades, partiendo de una fuente: el Espíritu. Pero lo que ahora queremos señalar es que todas estas actividades convergen en otro punto: un Señor. Dios da los dones, por lo consiguiente debemos obedecer sólo a él y será a él a quien tendremos que responder del uso que le dimos al don que de él recibimos.
3. Hay un poder. Si nuestra vista se enfoca en los diferentes receptores de cada don, su nivel de educación, el medio en que se desarrollan, las oportunidades que reciben, etc., quedaríamos con una diversidad de niveles de rendimiento, y estaríamos en un camino equivocado. En el plan de Dios, no es Pedro el pescador, ni Pablo el profesor, ni Cornelio el coronel, sino Dios quien hace todas las cosas en todos (1 Corintios 12:6). Y todavía más: no es una parte del poder de Dios que actúa en nosotros sino que es el mismo poder que resucitó a Cristo de los muertos (Romanos 8:11; Efesios 1:19-22).
4. Un mismo objetivo. Ya vimos: una fuente que da diversos dones; un Señor que los controla en diferente forma y un poder que nos capacita para hacer todo bien. Ahora veamos este último punto de convergencia: un objetivo al cual los diversos dones son enfocados. Este objetivo lo resumen estos pasajes: Para que en todo sea Dios glorificado (1 P. 4:11)... a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe (Efesios 4:12,13). Hágase todo para edificación (1 Corintios 14:26). Nótese lo universal de este objetivo: Para que en todo sea Dios glorificado, y que todo sea para el bien de todos.
5. Su funcionalidad es por tiempo limitado. Cuando el apóstol Pedro habla de dones comienza con la proposición: Mas el fin de todas las cosas se acerca (1 Pedro 4:7). No siempre estaremos en la posición de hacer algo para la edificación del cuerpo de Cristo. Dios nos dio dones para usarlos aquí y sólo aquí en esta tierra, aunque podremos agradecerlos y ver sus resultados en la eternidad.
6. No hay exclusión en la repartición de dones. Nadie podrá decir: No sirvo para nada; porque esto equivale a decir: Dios no me dio ni siquiera un don, y la Palabra dice en forma inequívoca que Dios da sus dones: a cada uno (Romanos 12:3,6; 1 Corintios 12:11; Efesios 4:7,16; 1 Pedro 4:10), sin embargo:
7. Tengo la opción de pedir más dones. Nos referimos al pasaje: Procurad, pues, los mejores dones (1 Corintios 12:31). Dios nos da el o los dones iniciales, pero espera que nazca en nosotros el interés de usarlos y el deseo de obtener algunos otros que sean necesarios para el buen funcionamiento y aprovechamiento del don que ya hemos recibido de Dios. Es como aquel estudiante de secundaria al que le fascinan los animales y tiene gran habilidad para “comunicarse” con ellos, y por esto decide ser médico veterinario y se ve obligado a almacenar conocimientos en campos tan variados como Física, Química, Economía, etc.
TRES CASOS QUE DISTINGUIR
1. Yo uso los dones de Dios para satisfacer mis propios fines. En este caso colocamos a todo hombre que, ignorando el Señorío de Dios, planea su vida para alcanzar comodidad, seguridad, etc., ignorando a Dios y sin demostrar su agradecimiento; tal vez ni siquiera conoce a Cristo como Salvador.
2. Yo uso los dones recibidos para la alabanza de Dios. El caso típico es el de aquel profesionista a quien Dios ha prosperado, que cada domingo trae su ofrenda y la deposita para ser usada en el servicio de Dios. Hace bien, sí, pero lo puede hacer mejor. Este caso presenta muchas variantes difíciles de reconocer, pero incluye todos los casos donde yo le doy a Dios el producto de los dones que él me ha dado y no la dirección del uso de ellos. Notemos los títulos 1 y 2: YO USO los dones.
3. Dios usa los dones que me dio para cumplir sus planes. Pablo era un hábil constructor de tiendas (tan era así que el producto de su trabajo le daba a él y a sus compañeros con qué mantenerse, vea Hechos 20:34). Usaba ese don para ganar dinero y compartirlo con otros, pero hacía más que eso: como perito arquitecto puso el fundamento (la enorme gama de doctrinas paulinas) para que sobre él se edificara la iglesia de Cristo. Pero reconoce que la obra es de Dios (1 Corintios 3:6-10).
Es sólo bajo esta condición que el principio: Un mismo objetivo, puede cumplirse. ¿Podré yo, acaso, saber los planes de Dios para la iglesia que él edifica? Si deseo ocupar mi don para la edificación del cuerpo de Cristo, tendré que seguir su plan y esperar la dirección de Dios. Dios tiene que usar mi don y no yo según mi propio criterio.
MUCHAS LISTAS — DOS PUNTOS DE VISTA
Pasajes como Romanos 12:6-13; 1 Corintios 12: 28-31; Efesios 4:11 y otros más, nos proporcionan una lista bastante cuantiosa de dones y, frente a esta lista, cabría preguntar: ¿Cuántos dones diferentes hay? ¿Existen todos hoy? ¿Cuántos puedo poseer? ¿Cuáles son los que debo tener?
Pensemos un momento en otro campo que, aunque diferente, tiene mucho en común con este problema: las carreras que un estudiante puede elegir. Todo alumno tiene ante sus ojos este panorama: primeramente las carreras: Ingeniería, Medicina, Magisterio, etc.; después las materias que deberá cursar y dominar: Física, Biología, Inglés, etc.; habilidades que ha de adquirir: dibujo, disección, comunicación, etc.
Finalmente debe amoldar su carácter a las necesidades de su carrera: ser amable, cortés, justo, etc. Todo esto podría formar un cuadro análogo a nuestra lista de dones. Tratemos pues de organizarlos.
En nuestro símil saltan a la vista dos grupos: El primero comprenderá las carreras; el segundo, los conocimientos, habilidades y virtudes.
Siguiendo el símil y leyendo Efesios 4:11 notaremos que cuatro dones pueden, por su misma naturaleza, abarcar la totalidad de la lista que hayamos formulado. Estos son:
Apóstoles. En este primer grupo destacarían muy sobre los demás, aquellos que, como Juan, tuvieron un conocimiento íntimo de su Maestro; o como Pedro, tuvieron la capacidad de discernir el engaño de Ananías o Safira; o como Pablo, les fue dado el trabajo de poner el fundamento de las doctrinas de nuestra fe. Sin embargo, no podemos excluir a aquellos que, usados por Dios, han de abrir campos nuevos al evangelio, han de adoctrinar a pueblos que no conocían a Dios y han de fundar iglesias locales con aquellos que el Espíritu Santo ha sellado.
Profetas. El profeta es aquel que ha sido dado a la iglesia para anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27). Como tal debe tener el don de exhortar, ayudar y sobre todo el de ver o entender el mañana a través de los ojos de Dios, pues ha de prever y prevenir todo peligro y preparar a la iglesia para afrontarlo (véase Hechos 20:29,32).
Evangelistas. La obra de evangelista (2 Timoteo 4:1-5) incluye predicar la palabra de Dios, contender contra las ideas erróneas sembradas por Satanás, soportar las aflicciones mientras va por los montes buscando la oveja perdida y el de persistir en ello hasta hallarla.
Pastores - Maestros. Cuando la Biblia habla de aquellos que han de estar al cuidado de la grey de Dios, invariablemente pone como requisito el que sean capaces de enseñar (1 Timoteo 3:2; Tito 1:9). Por esto la forma de escritura del versículo en Efesios une estos dos en uno. El pastor- maestro deberá persistir en la oración y en el ministerio de la Palabra (Hechos 6:4) y para ello necesita lo que Tito 1:6-9 y 2 Timoteo 3:2-7 señalan.
Finalmente, dentro de este contexto cabe señalar tres cosas:
1. La integración de estos dones. El apóstol pondrá el fundamento de una nueva iglesia y el pastor- maestro cuidará de ella y vigilará su crecimiento. El evangelista se encargará de predicar el evangelio y de traer almas a los pies de Cristo; el profeta, de forjar en ellas, por la Palabra, la imagen de Cristo. ¡Cuán bien cuadra esto con las funciones de los miembros del un cuerpo que somos! (1 Corintios 12:14-27)
2. El cultivo de estos dones. Pablo aconseja a Timoteo: No descuides el don que hay en ti, y: que avives el fuego del don de Dios que está en ti (1 Timoteo 4:14; 2 Timoteo 1:6). No se nace apóstol, profeta, evangelista o pastor-maestro; este don se ha de cultivar dentro del seno de una iglesia y bajo el cuidado del Espíritu Santo.
3. El denominador común de estos dones. Si la Biblia marca algún don como esencial éste será, en primer lugar, el amor, y en segundo, la profecía (1 Corintios 12:31-14:1). Estos son comunes al apóstol, profeta, evangelista y pastor-maestro. Aunque se dice que los dones de lenguas y de sanidades seguirán a los que creen en el nombre de Cristo para respaldar su testimonio cuando Dios así lo disponga (Marcos 16:17,18; Hechos 3:16) no se indica que estos dones son indispensables.
MEDITACIÓN FINAL
El distintivo del siervo de Cristo no es un cetro. No recibimos dones para poder gobernar a los demás. Cristo nos ofrece, no su cetro sino su yugo (Mateo 11:29). Si tenemos un don, –y sí lo tenemos– éste ha de usarse para servir, ayudar y edificar el cuerpo de Cristo. ¡Hagámoslo tomando el yugo del Siervo Perfecto y aprendiendo de él!
Aprendamos a soportar en silencio las aflicciones, tratar con ternura a los débiles y permanecer hasta ver cumplidos los propósitos de Dios (Isaías 42:2,3,4).
Imitemos a María al orar: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra (Lucas 1:38).
Desconocemos al autor: pero rogamos a Dios le Bendiga por su ayuda mebi.