lunes, 06 de noviembre de 2006
¡Cuánto desacuerdo hay sobre el lugar de la ley en la vida del cristiano! Unos dicen que ella es la base de la salvación mientras que otros la hacen a un lado afirmando que nada tiene que ver con los que viven en éste, el día de la gracia.
Es importante aclarar que sí hay “días, épocas o dispensaciones” en el trato de Dios hacia los hombres. Cuatro de ellas se describen en Génesis y en los primeros 18 capítulos de Éxodo. Desde el capítulo 19 de Éxodo hasta la muerte y resurrección de Cristo tenemos la dispensación de la ley. La gracia vino por Jesucristo (Juan 1:17) y esta dispensación terminará en la segunda venida. El reino de Cristo sobre la tierra por mil años, sigue a este evento.
No reconocer estas divisiones es causa de mucha confusión. Entenderá el propósito de la ley si aceptamos la diferencia introducida por la muerte y resurrección de Cristo. Notemos lo siguiente:
1. La ley mosaica fue para Israel.
Cuando Dios dio la ley por medio de Moisés, dijo:
Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño (Deuteronomio 4:1).
Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros? (Deuteronomio 4:8).
En Romanos 2:14 leemos que: los gentiles... no tienen ley y más adelante Pablo dice a los romanos: Pues no estáis bajo la ley (Romanos 6:14).
No podemos pedir lenguaje más claro.
2. La ley fue un pacto por tiempo limitado.
Nunca fue la intención de Dios que la ley fuese eterna. La ley duraría hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa. La promesa fue hecha a Abraham 430 años antes que fuera dada la ley y la simiente prometida es Cristo.
Los siguientes pasajes indican que la ley fue muerta, cancelada: Romanos 7:4-6; 2 Corintios 3:7,11; Gálatas 3:24,25; Efesios 2:14,15; Colosenses 2:14. Pero no queda un vacío; la ley sale para que entre algo mejor, más glorioso. Lo nuevo reemplaza a lo anterior, no por destrucción sino por cumplimiento. Cristo cumplió toda la ley y en todo sentido: (1) Obedeció todos sus requerimientos. (2) Llevó todo el castigo que la ley exigía contra los que la habían quebrantado.
3. El hombre es incapaz de guardar la ley.
El error más prevalente e insistente en la iglesia es el legalismo. El hombre tiene gran facilidad de inclinarse al legalismo con el consiguiente desprecio de la gracia de Dios. Prefiere trabajar y sudar tratando de merecer lo que Dios le ofrece sin dinero y sin precio (Isaías 55:1,2). La razón detrás de esa preferencia es que el hombre es orgulloso y no quiere reconocer que es incapaz de guardar la ley.
El hombre dice que hay algo de bueno en el peor de los hombres. Dios dice que hay mucho de malo en el mejor. Estas son su palabras:
Jehová miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido, que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno (Salmo 14:2,3).
Porque no se sujetan a ley de Dios, ni tampoco pueden (Romanos 8:7).
Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10).
4. La ley no puede salvar.
No fue dada para salvar al hombre. La redención, desde la eternidad pasada, fue sobre la base de la sangre de una víctima inocente, por esto leemos:
Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne (Romanos 8:3).
Sabiendo que fuisteis rescatados... con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:18-20)
5. La ley sí sirve para algo.
Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente (1 Timoteo 1:8).
¿Para qué sirve la ley? ¿Cuál es su uso legítimo? Sin un espejo me es difícil descubrir que mi cara está sucia. Una plomada me indica que una pared está en peligro de caer. Una luz me puede mostrar que un cuarto está en desorden. Pero no me lavo la cara con un espejo, ni reconstruyo sólo con la plomada, ni barro el cuarto con la lámpara. La ley me convence de que necesito limpieza del pecado que mancha mi vida y me domina. La ley me lleva a Cristo para que sea justificado por la fe (Gálatas 3:24).
6. El creyente no vive sin ley.
El evangelio de la gracia de Dios no es un parche a la ley sino un vestido nuevo. Debemos darnos cuenta cuán nuevo es el vestido que nos cubre con la justicia que no podemos obtener por nuestros propios esfuerzos. El evangelio no dice: Has esto y vivirás. Al contrario, nos muestra lo que Cristo ha hecho por nosotros. Al aceptar a Cristo recibimos la potestad de ser hechos hijos de Dios (Juan 1:12) y luego viene la palabra de Dios que nos dice: Ya son mis hijos, ahora pórtense de acuerdo a lo que son; que su conducta sea digna del nombre glorioso que llevan.
Lejos de estar sin ley, los hijos de Dios vivimos para hacer la voluntad de nuestro Padre. Esta voluntad no se expresa en una lista de prohibiciones sino que se nos revela al disfrutar de comunión vital y constante con nuestro Dios. Leemos la Biblia para conocer su voluntad (Colosenses 1:9). El amor de Cristo nos constriñe a hacer dicha voluntad (2 Corintios 5:14). El Espíritu Santo que mora en nosotros nos da el querer y nos ayuda a hacer su buena voluntad (Filipenses 2:13).
La epístola a los Gálatas, que tanto se ocupa de enseñar que estamos libres del dominio de la ley dada a Moisés, nos exhorta a cumplir la ley de Cristo (Gálatas 6:2). Santiago nos enseña que debemos perseverar en la ley perfecta, la de la libertad (Santiago 1:25; 2:12) y nos dice que amar al prójimo es la ley real (Santiago 2:8).

7. La relación entre el creyente y la ley.
El creyente no recibió vida por medio de la ley, ni es la ley la norma de su conducta una vez que Cristo lo ha salvado. Cristo es nuestra vida y él es nuestra norma.
Pero Éxodo 20, Deuteronomio 6, los cinco libros de Moisés y todo el Antiguo Testamento son la Escritura inspirada por Dios que es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16,17).
La ley que rige al creyente está escrita, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón (2 Corintios 3:3). La ley del creyente no es letra muerta sino Espíritu vivificante.

Desconocemos al autor: pero rogamos a Dios le Bendiga por su ayuda mebi.
Publicado por asambleolmue @ 14:48
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