jueves, 10 de mayo de 2007
Cuando predicamos el evangelio nos gusta hacer hincapié en la gracia de Dios que ofrece salvación al hombre aunque no la merece. Nos gusta enfatizar que se llega a ser hijo de Dios sin tener que pagar, sin tener que observar ritos y sin que sea necesaria una serie de reformas previas a nuestro acercamiento a él.
Todo lo anterior es cierto y damos gracias a Dios por ello. Pero al enfatizar que la salvación es obra enteramente de Dios pudiéramos llegar a la conclusión de que la respuesta a la pregunta del título es negativa y que el hombre no contrae responsabilidades al creer y aceptar el evangelio.
La vida eterna es dádiva de Dios, ¡cierto!, pero la vida cristiana es responsabilidad del que, por gracia, recibe potestad de ser llamado hijo de Dios.
La proclamación fiel del evangelio debe incluir suficiente información para que se pueda responder afirmativamente a nuestra pregunta. El evangelio sí es un compromiso serio para el que lo acepta y aun para el que lo escucha.
Queremos señalar tres compromisos: el de creer el evangelio, el de compartirlo y el de vivirlo.
EL COMPROMISO DE CREER
Oir una noticia nos compromete a actuar de acuerdo a ella. El que está en peligro y sabe que hay un medio para escapar de él tiene mayor culpa que el que ignora su condición y no sabe que hay una salida.
El apóstol Pablo nos dice que el evangelio será un factor importante en el juicio de Dios contra aquellos que lo escucharon: Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres, conforme a mi evangelio (Romanos 2:16).
La eternidad será mucho más triste para aquel que supo que había un Salvador. El que oyó el evangelio y lo rechazó no podrá alegar que fue pobre, ignorante, que no tuvo tiempo o ninguna otra cosa.
La condición de tal persona será como la de la ciudad sobre la que lloró Cristo lamentando: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! (Lucas 13:34).

Eternamente se culpará pensando: Estoy en el infierno por una sola razón: porque no quise creer el evangelio, no quise aceptar al Salvador provisto por Dios, a Cristo, quien murió por mis pecados.
EL COMPROMISO DE COMPARTIR
El que oye una noticia que satisface sus necesidades personales tiene la obligación moral de compartir esa noticia. A esa conclusión llegaron unos leprosos que se estaban muriendo de hambre ya que sus parientes no los podían ayudar por estar en Samaria, ciudad que sufría el sitio del ejército de Siria. Los leprosos decidieron pedir alimento a los soldados. No temían morir en sus manos porque eso era preferible a morir de hambre.
Al llegar al campamento lo encontraron desierto, pero había en él abundancia de alimento. Comieron hasta hartarse y luego dijeron uno al otro: No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará nuestra maldad. Vamos pues, ahora, entremos y demos la nueva en casa del rey (2 Reyes 7:9).
El que sabe que hay peligro y no advierte a sus vecinos tiene culpa. Esto lo dice Dios por medio del profeta: Si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno... demandaré su sangre de mano del atalaya (Ezequiel 33:6).
EL COMPROMISO DE VIVIR
Esperamos que nuestros lectores serios puedan disculpar una historia imaginaria que vamos a relatar enseguida. Por favor lean hasta el fin. No es fragmento de una de las telenovelas tan populares en la actualidad sino una ilustración del compromiso que contraemos al decir sí al ofrecimiento del evangelio y confesar a Cristo como Señor y Salvador.
DESPUÉS DE LA BODA
¡Isaac y su novia por fin estaban solos! La boda había terminado y también la recepción. Del pastel sólo quedaban migajas. Los regalos habían sido abiertos y admirados. Las despedidas, entre risas y lágrimas habían marcado el fin del evento importante que señalaba el inicio de una nueva vida y la formación de un nuevo hogar.
Iban en el auto que los llevaría al aeropuerto de donde saldrían en viaje de bodas. La novia se alejó hasta el extremo del asiento, tan lejos como pudo de su esposo y exclamó:
–Isaac, ¡llévame a casa!
–¿A casa, Rebeca? Todavía no hemos comenzado nuestra luna de miel y tú sabes que nuestra casa no estará lista hasta dentro de dos semanas.
–Pero yo no quiero ir a la casa que tú estás arreglando, por lo menos durante algunos años. Quiero ir a mi propia casa, donde he vivido siempre.
Isaac miró con asombro a su esposa, pero no cabía la menor duda, ella hablaba en serio. Sin parecer importarle los sentimientos de su marido siguió diciendo:
–Isaac, siento gusto al ser tu esposa. Nos pertenecemos el uno al otro. Me enorgullece usar tu nombre. Pero, de veras, quiero seguir viviendo en mi casa, igual como he vivido hasta ahora. Nos veremos una vez a la semana; pero dejar mis amigos, mis ocupaciones, mis costumbres para vivir contigo, ¡no señor!
–Quiero que sepas que te amo– continuó –Te he recibido como esposo, ¿no es verdad? Te pertenezco hasta que la muerte nos separe, pero no permitiré que tú cambies mi estilo de vida, ni intervengas en mi vida privada.
* * *
¿Qué opina usted de este arreglo? ¿Es un verdadero matrimonio lo que quiere Rebeca?
Es una burla entrar en un contrato de matrimonio y querer que todo siga como antes. Aceptar a una persona como esposo es una unión completa. La vida diaria, lo dulce y lo amargo; las circunstancias del presente y los propósitos y anhelos para el futuro, todo se comparte. El matrimonio es un compromiso serio y solemne.
Así sucede con la persona que acepta a Cristo como Señor y Salvador. Pero lamentablemente, hay muchos que dicen ser cristianos y mantienen una actitud exactamente como la de Rebeca. Dicen con sus hechos, lo que tal vez no se atreverían a decir con palabras como estas:
–Señor Jesús, yo te acepté como Salvador. Gracias por haberme salvado, pero ahora déjame en paz. Me gusta el estilo de vida que he llevado hasta ahora.
–Espero que me ayudes cuando me meta en problemas, que me cuides si me enfermo y suplas todas mis necesidades. Por supuesto, cuando muera quiero ir al hogar que tú estás preparando, pero espero que eso sea hasta dentro de muchos años porque hay tantas cosas que quiero hacer antes. Por ahora, si mis ocupaciones me lo permiten, trataré de ir a la iglesia a lo menos una hora el día domingo porque sé que es mi deber como cristiano, pero tú sabes que te quiero aunque no vaya.
¿Es realmente de Cristo la persona que piensa así? ¿Merece llevar el nombre de Cristo?
Muchas veces encontramos en la Biblia que el matrimonio es una ilustración de nuestra relación con Cristo. En Génesis hay una historia muy diferente a la que contamos líneas atrás. En Génesis 24 vemos cómo el siervo de Abraham habla a Rebeca acerca de Isaac, convenciéndola de que su amo la recibiría, la amaría y sería capaz de suplir todas sus necesidades.
Cuando llegó el momento de decisión la pregunta fue: ¿Irás tú con este varón? Y ella respondió: Sí, iré (Génesis 24:58).
Lo que hizo el siervo de Abraham lo hace con nosotros el Espíritu Santo. Él dirige nuestra mirada a Cristo y nos convence de su amor que lo llevó a morir por nuestros pecados en la cruz. Nos habla de su resurrección, de su poder, riqueza y gloria. Entonces nos dice: ¿Quieres recibir a Cristo y confesarle como Señor?
Muchos hemos respondido: Sí, lo haré.
Pablo escribe a los creyentes de Roma y les dice: Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive;... así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios (Romanos 7:2-4).
Cuando una persona recibe a Cristo, desde ese momento queda unida con aquel que resucitó de los muertos y puede cantar
Ahora soy de Cristo, Mío también es él. No sólo por el tiempo aquí, Mas por la eternidad.
Es hermoso disfrutar esta relación y tener esta seguridad, pero recordemos que hay un propósito en todo esto. El apóstol escribió: A fin de que llevemos fruto para Dios.
Regresemos a nuestra pregunta inicial. El evangelio: ¿un compromiso?
Esperamos que después de esta lectura la respuesta sea: ¡Claro que sí! Es un compromiso serio y solemne, que debo vivir.

Un excelente tema, desconocemos el autor, pero damos a gracias a Dios por el que lo escribió.-
Publicado por asambleolmue @ 17:36
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