martes, 07 de agosto de 2007
(1 Corintios 11:26).
EN este número nos ocuparemos de nuestro Señor y Salvador Jesucristo y, en contraste con el que permanece para siempre (Heb. 7:22-25), tema que tocamos en “El Sembrador”, aquí pensaremos en lo que tendrá un fin, no porque termine, sino porque se transformará en algo mejor.
El texto que citamos en el encabezado nos recuerda que la oportunidad de anunciar la muerte de Cristo sólo será nuestra hasta que él venga, pues, una vez con él en la eternidad, ya no habrá a quien anunciar las verdades sublimes del evangelio. En el cielo, en vez de anunciar su muerte, estaremos cantando: Digno eres...; Porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios (Ap. 5:9). Es decir, estaremos pensando en nosotros y bendiciendo a Dios por lo que la muerte de Cristo significa en el contexto eternidad. En contraste, hoy nos toca pensar en nuestros vecinos y en nuestros prójimos que no conocen o no han aceptado la oferta de gracia hecha posible por la muerte de Cristo.

LA URGENCIA PRESENTADA EN LA BIBLIA
PENSEMOS en las palabras de Cristo al despedirse de sus discípulos:
Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas (Lc. 24:45-48).
Aquí se señalan tres cosas como necesarias: el padecimiento de Cristo, su resurrección y la predicación del arrepentimiento y el perdón de pecados.
En las primeras dos, vemos el trabajo de Cristo y del Espíritu eterno (Heb. 9:14). En la tercera, estamos nosotros, que en nombre de Cristo y con el poder del Espíritu (Lc. 24:49) tenemos el privilegio de continuar la obra de Dios en esta tierra, mientras dure el día de gracia.
Una Historia
Tomemos nota de lo que dijeron unos leprosos: No estamos haciendo bien. Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará nuestra maldad. Vamos pues, ahora, entremos y demos la nueva en casa del rey (2 R. 7:9).
Nosotros, que hemos sido salvos por gracia, ¿esperamos hasta mañana para dar el mensaje de salvación a otros? Cuidado, tal vez sea demasiado tarde para servir a nuestro Señor.
Un Consejo
El apóstol Pablo, ante lo inminente de la venida del Señor, aconseja: El tiempo es corto; resta, pues, que los que tienen esposa sean como si no la tuviesen; y los que lloran, como si no llorasen; y los que se alegran, como si no se alegrasen; y los que compran, como si no poseyesen; y los que disfrutan de este mundo, como si no lo disfrutasen... (1 Co. 7:29-31).
Esto es una forma de aplicar las palabras del Señor (Lc. 14:26), es decir, de poner a Cristo en el único lugar (que es diferente a ponerlo en el primer lugar) y dejar que lo demás nos sea dado por Dios a su tiempo.
El peligro es llegar a ser como Demas (2 Ti. 4:10) o como Lot (Gn. 13:12), cada día alejándonos más de la comunión con Dios hasta caer en una simulación entre los incrédulos.
Una Verdad
Después de decir: El amor de Cristo nos constriñe el apóstol Pablo añade: Por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos, y termina pensando en Cristo y diciendo: Como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios, y cita de las Escrituras este pasaje: He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación (2 Co. 5:14-6:2).

La Epístola a los Hebreos nos recuerda una advertencia hecha en la antigüedad: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, y nos aconseja: Exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy (Heb. 3:7,8,13).
Finalmente: aprendamos de la parábola de la higuera (Mt. 24:32) y convenzámonos que la venida del Señor está cerca. Pero antes de gozarnos por lo que esto significa para nosotros, pensemos en lo que ya no podremos hacer cuando este día de gracia termine. Sintamos la urgencia de redimir el tiempo que nos queda, pues es corto (Col. 4:5).

LA URGENCIA MANIFESTADA EN EL MENSAJE
CUANDO el Señor se acercó a Zaqueo, le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa. Notemos el sentido de urgencia manifestado en estas palabras. Notemos esto también en la respuesta: Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso (Lc. 19:5,6). Sea éste nuestro ejemplo y nuestra meta al presentar el mensaje de salvación.
Pensemos en dos cosas: El tema de nuestros mensajes
Los títulos y los contenidos de muchos mensajes que desean abordar temas “actuales” nos llevan a la observación de que se acepta que la palabra de la cruz es locura a los que se pierden, y por eso se opta por títulos y temas que, se piensa, son “llamativos” a los que se pierden. Pero, entonces, ¿por qué no se cree la siguiente frase: a los que se salvan..., es poder de Dios (1 Co. 1:18)?
Reflexionemos: ¿a quién dirigimos nuestro mensaje?
¿A los que se pierden? Estos sólo buscan ser entretenidos. No entienden ni desean entender el mensaje de la cruz.
¿A los que se salvan? Estos tienen el corazón abierto (Hch. 16:14) y necesitan ser convencidos (Hch. 2:47).
¿Podemos decir con sinceridad: Nosotros predicamos a Cristo crucificado (1 Co. 1:23)? Es indispensable presentar en nuestras predicaciones, claramente, a Cristo como crucificado (Gá. 3:1). Así, el que escucha:
Sabrá que él debe morir y que será crucificado juntamente con Cristo (Gá. 2:20).
Entenderá que su viejo hombre será crucificado juntamente con Cristo para que el cuerpo de pecado sea destruido a fin de que no sirva más al pecado (Ro. 6:4-6; Col. 2:20).
Estará dispuesto a tomar su cruz, cada día, y seguir en pos de su Señor (Lc. 9:23).
Muchos que presentan las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo, piensan que estas verdades las irá aprendiendo el nuevo creyente “sobre la marcha”. ¡Grave error! No podemos alterar las cláusulas del pacto propuesto por Dios.
Razone usted: ¿será salvo el que no cumple estos puntos?
El resultado de nuestros mensajes
Dejar de anunciar la muerte de Cristo, es abrir las puertas para que entre el engaño de Satanás y tengamos conversiones “a medias”, es decir, los que oyen piensan que pueden aceptar la oferta de salvación sin aceptar el compromiso de vivir para aquel que murió por ellos.
Dejar de anunciar la muerte de Cristo, es presentar la oferta de salvación sin resaltar el costo de ella. Esto hará que el oyente compare esta oferta con tantas que se ofrecen “gratis” el día de hoy, y ¿cómo nacerá en él la gratitud que lo motivará a vivir para aquel que murió para salvarlo?
Dejar de anunciar la muerte de Cristo, es no tener fundamento para hablar del juicio que le espera al que rechace la gracia de Dios y la redención conseguida a precio de sangre.
Terminamos con unos consejos para predicadores:
Hay tres cosas que debe cuidar para que su mensaje tenga la URGENCIA en forma clara y palpable a los que escuchan.
1. LA VOZ. ¿Cómo avisaría de un peligro a un ser querido?
2. LA VISIÓN. Debe elaborar su mensaje de tal manera que quede en la mente de la persona que escucha, una imagen clara de Jesucristo crucificado por nosotros, pecadores (Gá. 3:1).
3. LA VERACIDAD. Piense en cómo va a respaldar su mensaje para que no haya duda en los que escuchan. Deberá usar tres fuentes. La Biblia, el poder del Espíritu y su testimonio personal.

DIOS ES PODEROSO
Para:
Cumplir su promesa Ro. 4:21
Corroborar mi fe Ro. 14: 4
Capacitarme para servirle 2 Co. 9: 8
Colmarme de bendición Ef. 3:20
Cuidar mi depósito 2 Ti. 1:12
Compadecerse de mí Heb. 2:18
Combatir la muerte Heb. 11:19
Conservarme fiel Jud. 24

LAS SIETE PALABRAS
Nos hablan de:
Perdón para pecadores Lc. 23:34
Promesas de salvación Lc. 23:43
Provisión presente Jn. 19:26,27
Pena profunda Mt. 27:46
Profecía cumplida Jn. 19:28
Precio pagado Jn. 19:30
Perfección de la obra Lc. 23:46
Tomado de: El Sembrador.- México www.elsembrador.org.mx
Publicado por Desconocido @ 21:39
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