La oración ha sido descrita como el hálito vital del creyente, el aire que respiramos al nacer de nuevo. Esto es evidente en la conversión de Saulo de Tarso, porque cuando Dios envió a su siervo Ananías a animarlo y a exhortarlo, como prueba de la conversión del que respiraba amenazas contra la iglesia, Dios dijo: Porque he aquí, él ora (Hechos 9:11).
La oración es la cosa más fácil. La puede hacer un niño, se puede hacer en todo lugar y en todo tiempo, no cuesta nada y se puede orar por cualquier cosa.
Pero la oración es también una de las cosas más difíciles porque no hay actividad humana que sufra tantos embates de parte de Satanás. Bien se ha dicho que él tiembla cuando ve a un creyente de rodillas, por débil que éste sea. Además, porque la oración es una batalla contra huestes espirituales de maldad (Efesios 6:12), nunca como cuando queremos orar nos damos cuenta de lo frío de nuestro corazón y de nuestra debilidad ante las distracciones del mundo y de nuestra carne.
Algo de esto han de haber sentido los discípulos cuando se acercaron al Señor y le dijeron: Señor, enséñanos a orar (Lucas 11:1).
EL MAESTRO POR EXCELENCIA
Todo lo que leemos acerca del Señor en los evangelios nos lleva a admirarle y ciertamente le admiramos como maestro. Supo motivar a sus discípulos a pedir enseñanza, señal inequívoca de la grandeza de un maestro.
Admiramos también a los discípulos. No dijeron: Enséñanos a predicar, ni pidieron lecciones de evangelismo personal o de evangelismo entre los niños, ni otras cosas que el Señor les pudiera haber enseñado. Los discípulos querían aprender a orar. Ni siquiera pidieron enseñanza acerca de la oración: no querían la teoría, querían la práctica: ¡querían orar!
En respuesta a su petición el Señor les dio muchas lecciones: les enseñó qué peticiones debían hacer; les enseñó por parábolas preceptos y promesas, pero sobre todo les enseñó con su ejemplo. Si el lector de estas líneas lee los cuatro evangelios buscando todo lo que contienen acerca de la oración, se asombrará al contar las veces que contemplará al Señor orando. ¡Cuántas promesas hay para estimular nuestra fe! ¡Cuántos preceptos hay que debemos acatar! ¡Cuántas parábolas tienen algo que decirnos acerca de la oración! Pero sobre todo ¡cuántas horas pasó el Señor en oración!
Dejaremos eso para el estudio particular de cada uno de nuestros lectores y pasaremos a mencionar otra fuerza que puede ayudarnos en nuestras oraciones. Esta fuerza es una persona. Se trata del Espíritu de Dios.
LA AYUDA DEL ESPÍRITU SANTO
El apóstol Pablo es otro ejemplo de una vida de oración. Le vemos orar con frecuencia en el Libro de los Hechos; podemos leer algunas de sus oraciones en las epístolas; y en sus escritos encontramos frecuentes referencias a la oración como arma, como fuente de fortaleza y como elemento importante en la extensión del evangelio.
Pablo sabía qué difícil es practicar la oración. Escribió:
Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:26).
¿Cómo nos ayuda el Espíritu? El verbo ayudar ocurre en Lucas 10:40, cuando Marta le dice al Señor: ¿No te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. La ayuda que quería Marta no era una cosa abstracta, no era apoyo moral, ella quería que su hermana estuviera trabajando a su lado en la preparación de la comida que ofrecerían al Señor. Así nos ayuda el Espíritu Santo. Uno de sus nombres, Consolador, en el original griego significa: “Uno que está a nuestro lado”. Recordemos esta verdad y contemos con la ayuda constante del Espíritu a la hora de orar.
Pero seguiremos insistiendo en la pregunta: ¿Cómo nos ayuda el Espíritu? Es soberano y es omnipotente, así que lo hará de muchas maneras, pero sugerimos que una de las más importantes será a través de las Escrituras. El Espíritu de verdad siempre nos habla usando la palabra de verdad, y lo hará:
Recordando alguna promesa para fundamento de nuestra fe.
Presentando alguna verdad que modificará nuestra meta al orar.
Señalando algún pecado que ha interrumpido nuestra comunión con Dios.
INGREDIENTES DE LA ORACIÓN
¡Hay tantas oraciones en la Biblia! Al leerlas y meditar en ellas aprenderemos mucho que nos ayudará en nuestra práctica de la oración. En las oraciones registradas en la Biblia encontraremos cinco ingredientes. Nos hará mucho bien conocerlos e incorporarlos en todas nuestras oraciones.
1. ADORACIÓN
Adoración es el reconocimiento de la grandeza de Dios ante nuestra insignificancia; de su santidad ante nuestro pecado; de su sabiduría en contraste con nuestra ignorancia, y de su omnipotencia contrastada con nuestra debilidad.
Pensar en la grandeza de Dios nutrirá nuestra fe y se nos hará más fácil creer en su poder para contestar la oración que elevaremos.
La palabra adoración es interesante. Consta de dos partes: ad y oración. El prefijo ad ocurre en muchas palabras tales como admirar, administrar, adyacente, etc. Significa “estar cerca” o “acercarse para”. En el caso de admirar se trata de acercarse para mirar porque el objeto es digno de ser contemplado de cerca. Adorar significa que creemos que Dios es digno de recibir y poderoso para contestar nuestras oraciones; por eso nos acercamos a él para orar.
La adoración es nuestra respuesta a la revelación de Dios. Él se revela en la creación, en el hombre hecho a su imagen, en la historia, pero especialmente en las Escrituras y particularmente en Cristo. En revelación Dios dice: “Yo soy...” y en adoración respondemos: “Tú eres...”. Toda oración en la Biblia comienza con adoración.
2. CONFESIÓN
La confesión siempre sigue a la contemplación y adoración de Dios. Vemos esto en el caso de Job (Job 40:4,5; 42:1-6), de Isaías (Isaías 6:1-5) y de muchos más. La confesión es un ejercicio espiritual muy saludable y muy necesario.
En todo caso, la convicción debe preceder a la confesión. Vemos esto en el caso del hijo pródigo que primero tuvo que volver en sí para luego decir: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti (Lucas 15:17,18). Es provechoso leer con frecuencia los salmos penitenciales, como el 32 y el 51, y pasajes como Esdras 9, Nehemías 9, Daniel 9 y Oseas 14.
El fruto de la confesión es doble: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9). El fruto de la confesión verdadera también va acompañada de restitución o compensación por el mal hecho (Levítico 6:4,5; Números 5:6,7) y celo de evitar una recaída (2 Corintios 7:11).
3. PETICIÓN
Esta es la parte que nunca falta en nuestras oraciones. Cuando nos acercamos a Dios, casi siempre es para pedir algo. Pero, ¿qué pedimos? o ¿cómo pedimos? ¿Tenemos el siguiente problema?
Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago 4:3).
Dios nos invita a pedirle cuando nos dice:
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá ... Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? (Mateo 7:7-11).
Es necesario pedir con fe: Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá (Marcos 11:24). También debemos pedir conforme a su voluntad:
Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye (1 Juan 5:14).
La voluntad de Dios se revela en la Biblia y no es muy sensato pedir cosas que en ella Dios prohíbe a sus hijos.
4. INTERCESIÓN
Este paso se parece mucho al anterior salvo que en el otro pedimos para nosotros y en éste a favor de otros. En otros hay necesidad y en nuestro Dios hay poder para suplir aquella necesidad. Nosotros podemos ser el contacto entre la necesidad y el poder. Esto se ilustra en la parábola de los tres amigos (Lucas 11:5-8): Un amigo necesita tres panes, el segundo no los tiene, pero los pide del tercero. Esta parábola ilustra nuestro privilegio y nuestra responsabilidad ante un mundo que no conoce a Dios y por lo tanto no se puede acercar a él directamente. Como ejemplos de intercesores podemos señalar a Abraham, Moisés, Samuel, Elías, Daniel, Pablo, pero sobre todos ellos, a Cristo (Lucas 22:32; Hebreos 7:25).
5. GRATITUD
Dios contesta las oraciones, pero ¡cuán ingratos somos! En el milagro de los diez leprosos (Lucas 17:11-19) vemos que el Señor es 100% generoso: todos fueron limpiados de su lepra. Pero el hombre es 90% ingrato: sólo uno volvió y se postró a los pies de Cristo, dándole gracias.
No podemos escapar de las exhortaciones a ser agradecidos si leemos con cuidado en cualquier parte de las Escrituras. Consideremos algunas en las Epístolas de Pablo: Efesios 5:20; Filipenses 4:6; Colosenses 4:2; 1 Tesalonicenses 5:18.
PRIVILEGIOS DE LA ORACIÓN
Cuando aprendamos a orar descubriremos que la oración es la mejor oportunidad para disfrutar tres cosas:
1. Contacto con Dios
El contacto es mediante la persona de Cristo (Juan 1:18; 14:6), pero lo disfrutamos en la oración. La oración puede compararse con la escalera que soñó Jacob. Dios colocó una escalera que estaba apoyada en la tierra y su extremo tocaba el cielo. Ángeles subían y descendían por ella (Génesis 28:12). Los ángeles suben con nuestras peticiones y descienden con las bendiciones de Dios.
2. Comunión con Dios
Orar no es sólo pedir, no es monólogo: es diálogo, es oportunidad de disfrutar nuestra relación filial con Dios. Le contamos todo lo que nos aflige y todo lo que nos alegra sabiendo que su oído está atento a nuestra voz y que sus ojos están sobre nosotros: nos cuida y nos ama eternamente. ¡Dichoso el que sabe practicar la presencia de Dios en la oración!
3. Cooperación con Dios
Sería mucho atrevimiento decir esto si no tuviéramos base para ello, Pablo dijo: Porque nosotros somos colaboradores de Dios (1 Corintios 3:9). Con frecuencia Pablo pide las oraciones de los creyentes y las considera de mucha ayuda en la obra de Dios: Pero os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis orando por mí a Dios (Romanos 15:30).
Una de las grandes bendiciones de la oración es el privilegio de tener, con Dios, intereses comunes.
UN PENSAMIENTO
Un recién nacido, sólo se comunica con sus padres cuando necesita algo, y lo hace, las más de las veces, llorando. Un niño pequeño, comienza a pedir con palabras lo que necesita y se le enseña a decir: “Por favor” y: “Gracias”. Un niño mayor, busca a sus padres para conversar con ellos, aunque los temas son de cosas que interesan sólo a él: deportes, juegos, la escuela, etc. Un adolescente, busca a sus padres para contarles sus inquietudes y recibir apoyo al enfrentar los cambios que experimenta. Un joven, platica con sus padres y comparte sus planes esperando algunos consejos. Un adulto, sabe que sus padres necesitan de él y los busca para compartir momentos juntos e intercambiar experiencias y ofrecer su ayuda.
Su vida de oración con Dios, ¿en cuál de estas etapas está?
Desconocemos a loas autores, pero Oramos por ellos, para Dios les bendiga, por su trabajo.